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n joven promesa de la biología marina
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Un hijo del mar. Nacido y criado en la isla Tintipán, a sus 18 años cumple su sueño de estudiar Biología Marina en la Universidad del Sinú de Cartagena.
Miguel Ángel de Hoyos Camero, un joven nativo de la isla más grande del Archipiélago de San Bernardo. Caribeño de nacimiento y por supuesto de mucho corazón. Sus primeros años pasaron recorriendo los rincones del hotel Punta Norte, el cual ha sido su hogar desde que nació.

Miguel Ángel aprendió primero a nadar que a caminar
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dice Juana, su mamá. Nacida en Tolú, hija de una bogotana y un uruguayo, quienes por casualidad del destino se conocieron en las Islas del Rosario en Cartagena y hace más de 30 años decidieron instalarse en Tintipán, atrapados por la belleza de la naturaleza y la magia de lo inhóspito del lugar.
Al vivir rodeado de tanta naturaleza, del mar y sus especies, Miguel Ángel despertó su curiosidad típica de niño.
Tenía muchas preguntas con respecto a su entorno y no encontraba quien se las respondiera de forma exacta. Por su cuenta, empezó a realizar sus primeras investigaciones y a analizar el comportamiento de algunos animales y especies del lugar. La primera especie que analizó Miguel Ángel fueron los cangrejos ermitaños.
“Me llamó la atención ver los sitios de la playa que frecuentaban. El horario del día en el que eran más visibles. Dónde se escondían durante el día y porqué salían durante la noche solamente y a reunirse. Por qué en el día subían a los árboles” comenta el joven. De ahí empieza a surgir la pregunta:
¿Y qué va a estudiar?
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En su paso por el colegio, Miguel Ángel encontró que no había nada que resolviera las preguntas que por tanto tiempo se venía planteando. Y así fue como decidió estudiar Biología Marina.
La niñez de este joven apasionado por la vida del mar, se desarrolló de forma pacífica, sana y curiosa. Su madre salió de Tintipán rumbo a Cartagena a la edad de 18 años, para trabajar en el sector del turismo durante 12 años. Miguel Ángel quedó al cuidado de sus abuelos Carlos y Carolina, quienes le inculcaron el amor y respeto por la naturaleza. Tanto así que tiene su propia galería de fotos:








Según expresa, su niñez fue tranquila y sin vicios. “Aquí en Tintipán no hay peleas” dice. “Lo que más me gusta de Tintipán es la tranquilidad y la conexión con la naturaleza. No me veo feliz en una ciudad porque es muy estresante; prefiero vivir en calma y en paz en la isla” dice convencido de la grandeza de su lugar de nacimiento.
Carlos Camero, el abuelo de Miguel Ángel, nació en Montevideo, Uruguay. Su vida, su familia y su legado están en Tintipán. Carlos menciona que la riqueza de esta isla se encuentra bajo el agua:
“En el mar es donde vemos los corales, las especies marinas, la gran variedad de plantas”.
Y es precisamente eso lo que le transmitió a su nieto, cuyo sentido de pertenencia por la isla, es evidente a la hora de escucharlo hablar de las enseñanzas de sus abuelos con relación a Tintipán:
“Mis abuelos me enseñaron a respetar la fuerza de la naturaleza, que es mucho más grande que la nuestra; he aprendido que estas islas son nuestras, es nuestro territorio y por ende debemos cuidarlo, pues si no lo hacemos nosotros mismos como nativos, los de afuera no lo harán”.
En medio de su conexión y amor por el mar, Miguel Ángel también ha conocido historias agridulces.
En una ocasión encontró una tortuga herida, con una placa de identificación que decía Cuba, junto a un número.
Con la curiosidad que lo caracteriza, pidió ayuda a otros nativos, pudieron rescatarla y curarla. Después descubrieron que el animal tenía aproximadamente mes y medio de vida y había nadado desde Cuba hasta Tintipán en un período de 40 días.
Con un final no tan feliz, también se topó con una ballena de aleta en Múcura, otra isla del archipiélago. La comunidad de biólogos sospechó que se trató de un caso de desorientación por interacciones humanas, pues el sonar o el radar de un barco, emiten sonidos muy similares a las comunicaciones entre ballenas.
Lastimosamente, el cetáceo murió en cercanías a Cartagena.
Gracias a estas y otras experiencias vividas en Tintipán, Miguel Ángel se visualiza como un biólogo marino que ayudará a preservar las especies de su tierra natal. Consciente de que los nativos no son los únicos en la isla, el estudiante hace un llamado a los visitantes de la misma. “La naturaleza es una casa que no es nuestra y cuando visitamos casa ajena, debemos dejarla limpia. La invitación es a disfrutar del paraíso, pero también a cuidarlo.” menciona.
También como buen anfitrión, recomienda no olvidar repelente para mosquitos y prepararse para la desconexión del mundo que conocemos habitualmente, pero, sobre todo, para recibir esta desconexión como algo positivo: “Presten atención a los detalles, disfruten el viento en la cara. Disfruten del atardecer y del amanecer. Levanten la mirada, vean las estrellas. Muchas veces no lo hacemos porque nuestra cabeza siempre va hacia abajo, mirando la pantalla de un celular.”
Miguel Ángel de Hoyos Camero, un joven cuya ascendencia mezcla las particularidades de diferentes culturas, pero que finalmente a todas las unió el mar del caribe colombiano, encarna fielmente aquella frase del surfista estadounidense Jay Moriarty que reza:

“Todos provenimos del mar, pero no todos somos del mar. Aquellos que sí lo somos, los hijos de las mareas, tenemos que volver a él una y otra vez.”
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